Ego solus ipsus. Tengo un amigo que dice que es Dios. Me contó que en el instituto su profesor de Filosofía tuvo que cerrar la boca ante tamaña insolencia porque sabía que era verdad. Mi amigo dice que sólo existe él y que el resto del mundo es fruto de su mente, así que asume que es Dios, pues todo lo ha creado él. Obviamente, es un argumento irrefutable. Un amigo suyo (y mío también, pero más suyo que mío) siempre le pone nombres a las cosas y, cuando hablamos de religiones y creencias, le gusta alardear de sabiduría explicando que esa corriente de pensamiento se llama solipsismo. Y mi amigo-Dios siempre se enfada -de mentirijillas- porque dice que eso se llama como a él le sale de los cojones, que para algo es Dios, y que nuestro amigo-pone-nombres-a-las-cosas es un ratón de biblioteca que sólo sabe memorizar lo que otros han razonado y que no sabe pensar por sí mismo.

En realidad, ambos están en lo cierto. Es verdad que autoadjudicarse el título de dios por exceso de imaginación se denomina solipsismo, y es verdad que casi nunca empleamos las neuronas para otra cosa que no sea el estudio de lo que ya está inventado, descubierto, reflexionado o desarrollado. La mayoría de los mortales nos dedicamos a grabar a fuego en la sesera lo que una diminuta minoría ha cavilado con originalidad. Son sólo unos pocos los que construyen el progreso humano, los puentes para cruzar ríos y abismos: el resto nos limitamos a caminar por ellos, sin formar parte auténtica del avance.